Vicente Pallotti nació en Roma el 21 de abril de 1795.
Su padre, Pedro Pablo Pallotti, era oriundo de la Umbría, desde donde se trasladó a Roma siendo joven aún. Fue un comerciante que paulatinamente y a costa de esfuerzos y talento alcanzó una notable prosperidad.
Su madre se llamaba Magdalena de Rossi, nacida romana pero que había vivido en la misma aldea umbra que el padre de Vicente.
Nos dice Juan Santos Gaynor que la familia de Pallotti había sido desde hacía siglos una familia de agricultores (Juan Santos Gaynor: Vida de San Vicente Pallotti, Roma, 1963, P. 5).
El matrimonio Pallotti tuvo 10 hijos. Cinco de los hermanos Pallotti murieron antes de la adolescencia, en una época en la que la mortalidad infantil era sumamente elevada.
Es sabido que Vicente Pallotti estuvo atraído por la idea de hacerse sacerdote desde muy pequeño. En 1807, a  los doce años comenzó a ser dirigido espiritualmente por un párroco de una pequeña iglesia cercana a su casa, el P. Fazzini. La influencia de este sacerdote fue decisiva, no solo en el proceso vocacional de Pallotti, sino también en su idea de lo que debía ser su sacerdocio y su apostolado.
En 1810 Pallotti comenzó sus estudios filosóficos y teológicos, pero continuó viviendo en su casa, ya que por entonces los seminarios aún estaban desarticulados, de resultas de los cimbronazos del espíritu anticlerical de la Revolución Francesa, extendido por toda Europa, hasta los límites, incluso, de la ciudad de los Papas. Vicente era guiado, como siempre, por el P. Fazzini.
El 16 de mayo de 1818 Pallotti fue ordenado sacerdote, poco tiempo después de cumplir sus 23 años. Era un sacerdote con título “de patrimonio”, esto es: gozaba de una cierta libertad para emprender su propio apostolado, sin ser llamado a cubrir un cargo de párroco o vicario en alguna parroquia. Pudo así seguir atendiendo todas las iniciativas apostólicas que tenía entre manos.
Muy poco después terminaba sus estudios recibiendo el título de Doctor en Filosofía y Teología en la Universidad de Roma (La Sapienza), con tal buen desempeño que las autoridades de esta alta casa de estudios ofrecieron al neosacerdote un cargo docente, que Pallotti honraría durante  diez años.
En 1827 Pallotti fue nombrado Director Espiritual del Seminario Romano y del Colegio de la Propagación de la fe, en donde se formaban los candidatos a misionar por el mundo. Sus dotes de director espiritual le valieron además ser llamado reiteradas veces por numerosos seminarios nacionales presentes en Roma, y congregaciones religiosas femeninas, a fin de predicar retiros o brindar conferencias. La cantidad de los requerimientos que se le hacen lo obligan a dejar la Universidad de Roma luego de diez años de labor docente.
A principios de 1835 Pallotti recibe un pedido desde lejanas tierras. Un misionero trabajando apostólicamente en Medio Oriente, y que ya había sido ayudado por el P. Vicente, le ruega que se ocupe de hacer imprimir, con fondos que deberían ser conseguidos por el mismo Vicente, 10.000 ejemplares de las “Máximas de San Alfonso”, traducidas al árabe, a fin de usarlas en su trabajo catequético. Pallotti se abocó enseguida al trabajo, para el cual se requerirían fondos nada despreciables: unos cuatrocientos escudos romanos. Pallotti recurrió, para conseguirlos, a un laico amigo suyo: Giácomo Salvati.
Salvati era un comerciante romano que había conocido a Pallotti un año antes, en circunstancias muy particulares. Un buen día el P. Vicente entró en el negocio de los Salvati, atendido a la sazón por la esposa del comerciante.
-¿Ustedes me llamaron? –preguntó Pallotti a la mujer.
-No –contestó la aludida, que quedó impresionada al saber que quién la visitaba era nada más ni nada menos que el Padre Pallotti, de quien todo el mundo hablaba con respeto. Como a la sazón una hija del matrimonio Salvati estaba gravemente enferma, con riesgo de muerte, la mujer pidió a Pallotti que visitara a la niña. Pallotti, sin embargo, no quiso hacer la visita, diciendo a la madre que la niña se repondría muy pronto. Prodigiosamente, la enferma se repuso en pocas horas, en una cura que los médicos no dudaron en calificar de milagrosa. De más está decir que desde entonces los Salvati se convirtieron en entusiastas admiradores y colaboradores del Padre Pallotti.
A este Salvati fue a ver entonces Pallotti para que consiguiera los fondos para la edición de la obra de San Alfonso. Salvati tenía reparos, ya que se le antojaba difícil la tarea de pedir dinero para una obra de tal naturaleza. Tal vez, como sucede muchas veces hoy entre nosotros, tenía en su corazón algo de miedo o vergüenza de pedir para una obra religiosa. Ante la insistencia del Padre Pallotti, Salvati comenzó la colecta, y para su sorpresa en poco tiempo recaudó dinero más que suficiente para la edición.
Este fue un emprendimiento muy importante en la historia del apostolado de Pallotti.
Paralelamente, leemos en su Diario espiritual, con fecha 9 de enero de 1835:
“Dios mío, misericordia mía: en tu infinito amor me encargas la tarea de promover, establecer, propagar, efectuar y perpetuar, según los designios de tu Sagrado Corazón, las siguientes cosas:
La creación de un apostolado Universal entre todos los católicos para la propagación de la fe y la religión cristiana entre quienes no tienen fe y los que no son católicos.
Otro apostolado para la revivificación, preservación y aumento de la fe entre los católicos.
Una institución de caridad universal para el ejercicio de todas las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, para que el conocimiento de tu Persona, que eres la Caridad misma, sea difundido lo más ampliamente posible”.
Estos dos acontecimientos, juntos, dieron motivo a que Pallotti emprendiera la fundación de una obra “que tuviera la finalidad la multiplicación de los medios materiales y espirituales apropiados para reavivar la fe, reencender la caridad entre los católicos y propagar esas virtudes en todo el mundo” (Juan Santos Gaynor, Vida de San Vicente Pallotti, Buenos Aires, 1963, Pag. 78)
Nacía así la Sociedad del Apostolado Católico, cuyo nombre quería significar la aspiración de la obra de obedecer el mandato de Jesucristo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt. 28, 19a). Los miembros de la nueva sociedad eran quince personas, entre sacerdotes y laicos. La sociedad fue puesta bajo la protección de María, Reina de los Apóstoles, y el 14 de abril de 1835 Pallotti presentaba al Cardenal Vicario de Roma una solicitud pidiendo la aprobación de la obra. La misma fue obtenida en seguida, lo mismo que la aprobación y bendición del pontífice, Gregorio XVI, que fue dada el 11 de julio del mismo año 1835.
Muy pronto se sumaron a la obra algunos sacerdotes que ya venían ayudando al Padre Vicente a atender los numerosos pedidos que le llegaban de predicar retiros, confesar y realizar obras de apostolado.
En 1836 instituyó el Octavario de Epifanía, para impulsar la devoción del pueblo romano por este misterio de la manifestación del Dios encarnado a todos los pueblos. El mismo Pallotti recorrería las calles con la imagen del “Jesús niño”, que daba a besar a los fieles.
Un año después, en 1837, el cólera hace su entrada en la ciudad eterna. Un diez por ciento de la población se ve afectada, y la Sociedad del Apostolado Católico se lanza de lleno a la tarea de aliviar tanto dolor, muerte y aflicción. Los huérfanos son recogidos por las familias colaboradoras de Pallotti. Pronto crearon dos hogares para niños huérfanos, muy necesarios por la cantidad de chicos que habían perdido a ambos padres por razón de la enfermedad. Más tarde estos hogares van a ser asumidos por las Hermanas de una congregación que San Vicente Pallotti habría de fundar: las Hermanas del Apostolado Católico. De estas dos obras, aún perdura hoy, en Roma, y atendida por las hermanas palotinas, la “Pía Casa di Caritá”, que recibe a niñas huérfanas, en situación de riesgo o cuyos padres se encuentran lejos.
Poco a poco la Sociedad va a ir organizándose. Se establece una dirección central cuyos miembros, en un determinado momento, comienzan a vivir en común bajo el vínculo de una promesa hecha a la Sociedad. Es el principio de lo que será después la Sociedad de los Padres y Hermanos.
En 1840, la minada salud de Pallotti lo obliga a abandonar su cargo de Director Espiritual del Seminario Romano.
A la muerte de Gregorio XVI, lo sucede en la Sede de Pedro el cardenal Mastai-Ferreti, que tomó el nombre de Pío IX. Este Papa conocía a Pallotti desde su juventud. En una oportunidad, Mastai-Ferreti, que aún no había entrado al Seminario y deseaba formar parte de la Guardia Noble Vaticana, había consultados sus deseos a Pallotti, quien le respondió estas misteriosas palabras: “Usted no hará guardia, otros se la harán a usted” (J.S. Gaynor, Vida de San Vicente Pallotti, Roma, 1963, Pag. 22 y 23). El sentido oculto de esta premonición del Padre Pallotti vino a clarificarse cuando muchos años después Mastai-Ferreti  fue elegido Papa.
Pero el pontificado de este gran Papa estuvo signado por los disturbios políticos que desembocaron en el nacimiento del Reino de Italia. El Papa tiene que huir, y en Roma se desata una feroz persecución contra los clérigos. Pallotti debe entonces, a su pesar, recluirse en el Colegio Irlandés de Roma, protegido por el carácter extranjero de esta institución. Allí habrá de permanecer durante cinco turbulentos meses, dedicándose a la oración y a escribir largamente.
Es en esos días cuando Pallotti, escribiendo sus preocupaciones al Cardenal Decano, enumera las causas de la crisis de la fe y de la caridad en el mundo, entre las cuales no deja de mencionar la negligencia del clero y de los religiosos que no cuidaban con celo del pueblo que les estaba confiado. Y ya por entonces lanzaba una idea que años más tarde se haría realidad:
“El tiempo –decía Pallotti- está maduro para los remedios eficaces y universales, de manera que todos los órdenes de personas en la Iglesia de Dios: el clero, los religiosos y el Pueblo de Dios puedan tomar conciencia de su deber. La forma de realizar esto sería la convocatoria de un Concilio General de la Iglesia” (J. S. Gaynor, Vida de San Vicente Pallotti, Roma, 1963, P. 24). Unos veinte años más tarde, el Papa Pío IX convocaba al Concilio Vaticano I.
Cuando la calma fue restablecida, volvió Pallotti a sus tareas habituales. Pero su salud estaba muy resentida.
Poco después del octavario de Epifanía de 1850, cayó enfermo. No volvería a levantarse. Murió el 22 de enero de 1850, a los cincuenta y cuatro años y nueve meses de vida santa.
El Papa Pío XI lo beatificó el 22 de enero de 1950,  y fue canonizado por Juan XXIII el 20 de enero de 1963, durante la primera sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II.

1 comentario :

  1. Que interesante la vida y obras de San Vicente Palotti. El Párroco de la Parroquia La Asunción de María de Guarenas Estado Miranda Venezuela
    Padre Robert P. es un digno representante de su Fundador. Tengamoslo en nuestras oraciones. Dios lo bendiga.

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